Vuela dulce Ser, y ayúdanos desde el infinito a enjugar nuestras lágrimas humanas. Un beso, templario, cósmico, fraterno, filial, eterno,

Tu hermano,

Desde mi perspectiva como profesional de la tecnología y amante de las ciencias humanas, no puedo –no quiero—evitar fijar mi atención de modo habitual en el impacto que aquella tiene en las relaciones interpersonales.

Difícilmente se puede estar hoy inmerso en la vida social siendo ajeno al mundo tecnológico. Nuestros gadgets nos comunican de modo instantáneo con nuestros amigos y conocidos. Y también con las gigantescas bases de datos y motores de búsqueda de información. El tiempo y el espacio, han dejado de condicionarlo todo. Podemos aprender eligiendo el momento y a distancia, personando en el aula nuestra mente e interactuando en ella, como si nuestra presencia fuera corporal. Del mismo modo, nos es dado comunicarnos con nuestros allegados en las antípodas, en tiempo real y casi pudiéndonos tocar (de momento sólo visualmente, pero pronto, muy pronto, de modo táctil e incluso olfativo). La realidad virtual permite la medicina (cirugía incluida) y la psicología a distancia. Y así podríamos seguir constatando los avances presentes y futuros, si éste fuera el fin de este escrito.

Pero no lo es. En realidad, mi deseo es volver sobre la pregunta ya avanzada en anteriores comentarios (ver esp. “Redes sociales y amistad”), que me preocupa profundamente: ¿Caminamos a lomos de la tecnología hacia un mundo más libre y cercano en lo personal, o, por el contrario, estamos fraguando un destino de incomunicación real (aunque pueda no parecerlo) y, por lo tanto, de aislamiento personal y ausencia de libertad (pues el aislamiento conlleva la imposibilidad de ejercicio de ésta, y, por lo tanto, de su existencia misma)?

Y cuando hablo de aislamiento, no me refiero a la soledad escogida (añadamos silencio), tan necesaria y conveniente siempre como plataforma de asimilación de las experiencias vividas de todo tipo y de escucha de sus ecos en nuestro interior. Démonos cuenta de que esos gadgets, a los que antes me refería, pueden ser rémoras que impidan la soledad vertebradora, dando lugar a un estar solos incompleto; a una soledad constantemente acompañada e interrumpida por los otros, a los que, claro está, también nosotros podemos incordiar en la misma medida.

Es tan fácil esconderse detrás de la tecnología; perder la piel; la mirada; pergeñar el simulacro consciente o no. ¿No tenemos a veces la sensación de que nuestros mejores amigos son los “aparatos” a los que estamos enganchados puerilmente? He visto en más de una ocasión a un amante mirar con mayor deleite a su nuevo smartphone, que a su pareja.

Parece subyacer en esta relación hombre-gadget un sentimiento mágico, similar al amuleto de antaño –alienante ya de por sí—pero con mucho más poder de fascinación hechicera. ¿Y no es el hechizo alejamiento de la realidad de los otros?

Podemos llegar a creemos dioses por disponer de tan inmensa cantidad de información (y comunicación) a nuestro alcance de forma inmediata. Y de modo similar, podríamos llegar a sentirnos acompañados por el hecho de lanzar nuestra voz al ciberespacio creyéndolo inteligente “per se”, sin tan siquiera ponernos a prueba mediante la recepción de retornos. Y pudiera ser ciertamente útil, tanto la recepción de información, como la compartición de nuestra mirada intelectual después de procesar aquella. Ello, claro está, siempre y cuando no vengan a sustituir al uso inteligente de los contenidos (si es que tenemos algo que decir), y a la compañía real de nuestros congéneres en interacción mutua. Al hilo de ello, me sirve el ejemplo de los poetas de los siglos pasados, que leían sus composiciones a sus amigos y seguidores, recibiendo como feedback aplausos y críticas. Sin ellos se habrían sentido solos. ¿Por qué nosotros damos por supuesto que nos escuchan? ¿Por qué nos escudamos en el ciberespacio para sentirnos acompañados por el hecho de volcar en él nuestras aportaciones? ¿Por qué no nos permitirnos la conciencia del sentimiento de soledad (si es que lo padecemos), con el fin de saber que lo estamos y poner solución, accionando lo necesario en aras de buscar y encontrar compañía real?

En todo lo antes dicho, pudiera subyacer la causa de la adicción patológica a la tecnología. Mitificándola, justificamos nuestra pobreza emocional, al tiempo que la convertimos en sustituta de la relación o relaciones temidas (quizá sólo en algunos aspectos). ¿Y no lleva todo ello a un mayor –o incluso total—aislamiento personal? (Aislamiento que es soledad no deseada y destructiva, en contraposición con la soledad deseada y buscada como herramienta de vertebración de nosotros mismos, a la que antes he aludido).

La profesora Sherry Turkle, en su ponencia “Conectados, ¿pero solos?” (ver Medioteca), expone ideas muy interesantes al respecto (recomiendo visualizarlo): “Habrá un momento en que pasaremos de las redes sociales, a los robots sociables. Robots que serán nuestros mejores amigos, con todo lo positivo de los amigos, y nada de lo negativo, creando una ilusión de compañía ya experimentada en personas de la tercera edad… La tecnología, en su uso inteligente, permite la sustitución del soy, luego existo, por el comparto, luego existo”.

Como antes decía, ambos asertos apuntan hacia los peligros que hacen plausibles nuestras capacidades tecnológicas (es una obviedad decir que el problema está en nosotros, pues el aparato tecnológico es neutro). Y si finalmente se apunta al peligro con rigor, también se puede apuntar a las soluciones. Parece evidente, que la conjura de los indeseados efectos del uso tecnológico ha de venir de la mano del desarrollo de la consciencia en el mismo (en realidad es la misma exigencia que ha de darse en cualquier orden de la vida personal, con la sustancial diferencia del efecto multiplicador para bien y para mal de la tecnología). Y la receta es también siempre la misma: ser en contraposición a tener. Teniendo en cuenta, que hoy más que nunca, el ser gana su máxima expresión en tanto en cuanto vive en él la esencia social que le es inherente. Pues, ¿es posible ser en plenitud fuera de la órbita compartida?. En definitiva, en la evitación del simulacro “tener es ser”*, podemos encontrar una vigencia universal y atemporal, que nos permita navegar hacia buen puerto a través de la turbia liquidez de la sociedad actual.

Si actuamos en consecuencia a ello, veremos que los tan manidos gadgets pueden ser herramienta de perfeccionamiento y profundización, así como de expansión de las relaciones sociales, empezando por las aledañas e inmediatas. Además, nos permitirán proyectarnos fuera de nuestro círculo cotidiano, ganando de este modo profundidad y riqueza nuestro ser social

Como Sherry Tukle dice, podemos y debemos apoyarnos en el poder de la tecnología para retomar nuestros oxidados, cuando no desaparecidos, valores. “… porque nuestra cultura, nuestra política y nuestro planeta nos necesitan. Hagamos que la tecnología nos ayude a construir una vida que podamos amar”.

 

* Tener muchos contactos en una red social, por ejemplo.

Comentarios al concierto de la Filarmónica de Berlín (09/03/2012) (Trailer)

El germano Christian Thielemann, magnífico director de la Orquesta Filarmónica de Munich (a día de hoy), es un experto en el romanticismo alemán tanto pleno como tardío. Wagner, Bruckner, Strauss (Richard), o Mahler, no tienen secretos para él.

Podría hablarse mucho y muy largo sobre Thielemann. Sin embargo, quiero centrarme en su visión “redonda” de la música, tal como él dice. Mantiene, que un músico no puede ceñirse a un nicho concreto de expresión. En coherencia con ello, dirige obras de otros compositores, incluyendo románticos de orígenes y entornos culturales bien distintos.  “Cuando se está especializado en determinados autores, resulta muy emocionante llevar a cabo una obra distinta. Es el caso de la “Patética”, de Piotr Ilyich Tchaikovsky. Su sexta y agitada sinfonía es, como el propio autor indicó, la piedra angular de sus obras creativas. Creándola, lloró de emoción. ¿Como no me iba a emocionar yo dirigiéndola? ¿Cómo iba a perder esa magnífica oportunidad de redondear mis capacidades como director y músico?”.

El destino, a veces, también redondea los hechos humanos. El que Tchaikovsky muriera justamente nueve días después de estrenarse su obra principal, agregó a ésta un capital sentimental, que le confirió aún más emocionalidad en el corazón de sus degustadores. Los informes actuales, confirman que el compositor ruso trabajó esta sinfonía de modo diferente al resto de sus obras. El gran músico necesitó una serenidad especial para realizar la “Patética”. Y ello confirió a la obra un alma honda y muy particular. Como es obvio, el estado emocional del acto creador, se acompañó de la genialidad inconmensurable de Tchaikovsky, que le llevó a incluir en la sinfonía, por ejemplo, un vals en el complicado tempo 5/4.

Una muestra de la forma en que la música se desarrolló después de la muerte de Tchaikovsky, son los “Nocturnos” de Claude Debussy, terminado poco tiempo después de su fallecimiento. A pesar de que el subtítulo de éstos es el de “sinfonía tríptico”, en realidad la obra tiene más que ver con el entonces naciente género del poema sinfónico, que con la sinfonía propiamente dicha. Sus brillantes cuadros impresionistas, con sus intensos colores tonales, han sido inspiración de muchos compositores franceses posteriores como Olivier Messiaen. Las canciones de éste, “Poèmes pour Mi” (1936), dedicadas a su primera esposa, son una brillante profesión de fe en el sacramento del matrimonio (no olvidemos que Messiaen era católico practicante y que su música fue muy influida por sus creencias religiosas).

En definitiva, en el concierto motivo de estos apuntes, quedan magistralmente recogidas tres sensibilidades fruto de una evolución sin solución de continuidad. Por una parte el romanticismo rebelde de la “Patética” de Tchaikovsky, seguido del colorido impresionista de los “Nocturnos” de Debussy, y, como colofón, la intimidad de los “Poèmes pour Mi” de Messiaen, que pudieran considerarse esbozos tardo-románticos no exentos de la influencia de las músicas orientales, que tanto interesaron a este inclasificable autor.

Caía la tarde en Soaso. Aquel circo glaciar se hundía suavemente en el silencio,  preludio de los sonidos de la noche. Con una autorización especial pude acampar en este pétreo observatorio de estrellas. Las enormes paredes de caliza, rodeándome en forma de lengua, me permitían contemplar el nacimiento de los luceros, cual si de la decoración de un cimborrio se tratara. Detrás de mí, la Cola de Caballo con sus ruidosas aguas se hacía un hueco en la noche.

Me parecía una eternidad el tiempo trascurrido desde que cogí la mochila y salí hacia Pamplona. Dos días antes, el tren, atravesando los cambiantes paisajes sorianos, me alejó de un agujero negro sin saber muy bien por qué. Fue por decisión propia, desde luego, aunque inevitable. Autobuses y auto-stop me dejaron finalmente en mi primer destino: Ordesa.

Ya en medio de la noche oscura, montada la tienda, saque la mitad de mi cuerpo de ella y me dispuse a sumergirme en el vértigo del espacio infinito. Si algo no ha cambiado en mi vida con los años, ha sido la indescriptible sensación –sentida incluso en el estómago—de abandonar la tierra tras la mirada, hacia la bóveda del cielo nocturno. Siempre dejándome llevar sin reservas. Y con una ineludible expansión de conciencia, hasta dejar olvidado el pensamiento.

En los dos días siguientes, mi mente se fue apaciguando y mi cuerpo despertando, inmerso en aquella naturaleza cimarrona. Dos días permanecí allí. Días de agua helada y soledad; de insignificancia personal y de intimidad profunda.

Al tercer día, levanté mi escaso campamento y salí en dirección a Navarra. Procuré alejarme de las carreteras y núcleos habitados. Deseaba el encuentro sólo conmigo mismo; el destierro mantenido. Fueron días de camino duro campo a través, sin senderos directrices. Navegué por valles y montañas. Todo desconocido. Todo virgen para mí. A veces el cansancio me impelía a no montar la tienda. Dormí en cuevas y al raso. En una ocasión, incluso habité un gigantesco árbol vaciado por los años y por la vida. (En él me sentí morir. Pero esa es otra historia).

Fui visitado –mejor recibido—por los huéspedes naturales de la tierra, el agua y el viento. Rapaces de todo plumaje me sobrevolaron. Culebras y otras alimañas quedaron expectantes a mi paso. Y los peces se asomaron curiosos a mis sesiones de lavado y flotamiento. El fuego, recluido en mi interior, alimentó con su calor el latir de mi alma. Y ésta, calmada ya, comenzaba a aportar lucidez a mi mente.

El séptimo día, acampé junto a un río, en un agreste valle navarro al norte de Puente la Reina. Llevaba tres días sin ver persona alguna, ni de lejos. La última compañía relativa, se delató por el olor. Se trataba de una tahona que dejé a cierta distancia al pasar. Su chimenea trabajaba a destajo. Sus efluvios llegaron hasta mí tamizados por los propios del boscoso lugar, casi impoluto. –También de pan vive el hombre—, pensé.

Cayó la tarde encontrándome sumergido en un recodo del río, de aguas cristalinas y cauce de roca. Mi desnudez hizo aún más fácil mi fusión con el entorno. Este baño fue distinto a todos. El agua fría me tonificó, desde luego, pero también me bautizó en una religión sin nombre. Unos pececillos vinieron raudos a mordisquear las pequeñísimas burbujas de aire adheridas a mi piel. Pronto fueron ya un tapiz de criaturas vivas y palpitantes. Sus ojos miraban perplejos. Como los míos.

La bella luz cobriza del atardecer y la sordina de lo diurno, fueron poseyéndolo todo. También a mí. Y caí en un éxtasis atemporal del que todo y nada recuerdo. Nunca estuve tan solo. Nunca tan acompañado.

Después, preparé un lecho de ramas para suavizar el rigor de un suelo demasiado duro  e irregular. Monté la tienda encima. Preparé un caldo y lo bebí despacio. El cansancio y el calor de la bebida me llevaron al sopor. Antes de que el sueño me venciera, volví, como siempre, a compartir con el mundo las estrellas. Atrapado por el vértigo, al rato recibí un fogonazo de lucidez, que todo lo cambió repentinamente. Yo no era quien hasta entonces había creído ser. Era sólo un umbral que dejaba atisbar un camino. Mis ojos miraban ahora de otra manera.

Desvelado, en buena hora, el misterio que provocó mi partida de la densa gravedad de Madrid, caí profundamente dormido. Al amanecer, me puse por montera mi sonrisa y marché hacia la estación de Pamplona. Allí, el mismo tren que me trajo, esperaba a la gente al ralentí. Y fuimos llegando.—¿El mismo? ¿Acaso algo es lo mismo?—pensé, mientras apoyaba el pie en el estribo.

Pocas canciones representan tan elocuentemente las contradicciones de nuestra vida, como “Miserere”. En su versión a tres voces (Boccelli, Pavarotti y Zuchero), además es bellísima. En la Medioteca tenéis el vídeo. Aquí, sólo este comentario y la letra traducida libremente al castellano. ¡Disfrutadla!

¡Miserere, miserere!
Miserere, ¡mísero de mí!
¡Sin embargo, brindo por la vida!
Pero, qué misterio es la vida.
Qué misterio.
Soy un pecador del año ochenta mil;
¡Un mentiroso!
Pero, ¿donde estoy y que hago?,
¿Como vivo?
Vivo perdido en el alma del mundo,
Perdido en su fondo.
Miserere, ¡mísero de mí!
¡Sin embargo brindo por la vida!
Yo soy el santo que te ha traicionado
cuando estabas solo.
Y vivo en otro lugar y observo el mundo
desde el cielo.
Y veo el mar y la selva.
Y me veo a mí que…
Vivo en la hondura del alma del mundo,
Perdido en su fondo.
Miserere, ¡mísero de mí!
¡Sin embargo brindo por la vida!
Si hubiera una noche suficientemente oscura
Para esconderme… ¡esconderme!
Sí hubiera una luz, una esperanza,
Un magnífico sol que brille dentro de mí…
Dame la alegría de vivir
Que todavía no tengo.
Miserere, ¡miserere!
Aquella alegría de vivir que tal vez,
Todavía no existe.

La madre, caucásica, es una mujer rubia de ojos azules y profundos. El padre es hombre de rasgos mestizos taíno-españoles. Entres ambos reúnen buena parte de la genética racial actual de nuestro planeta.

Quince días tiene la pequeña nacida de ambos con una envidiable simetría de rostro. Fuerte y hermosa. El día que vino al mundo se dio otro paso más en el camino evolutivo de la humanidad del futuro.

Efectivamente, existen modelos informáticos prospectivos, que orientan sobre la estética de los rostros de la gente del mundo del mañana. Algún día –al que nos acercamos a velocidad creciente– llegará el final del mestizaje, que con toda seguridad se ha de dar. Para entonces la humanidad será incomparablemente más bella que la actual. Su soporte será una genómica exponencialmente más rica que la nuestra. Y, por lo tanto, de mucha mayor potencia biológica, pero también cultural. Podríamos hablar de la gran selección de selecciones; de la sumatoria de los resultados evolutivos de todos los grupos humanos durante los últimos cien mil años. No cabe duda que, Parafraseando a Leibnitz, disfrutaremos entonces del mejor de los mundos posibles. Un mundo que no será un simple conglomerado de culturas, sino la versión gestáltica del mismo. Esto es, un universo muy distinto y esencialmente superior a la simple suma de las partes agregadas. Por su complejidad, me resulta difícil acotar con la razón la visión del mismo, aunque no disfrutar de su intuición y anhelo. Y sus beneficios serán realmente universales. Nada que ver con la actual globalización económica, que sólo a algunos favorece.

Las trabas pacíficas a esta colonización interesada, que legítimamente intentan los grupos anti-globalización, no deben suponer freno a la auténtica y universal agregación de contenidos biológicos y culturales planetarios. De ser así, estos mismos grupos irían contra lo que ellos mismos propugnan defender. Es preciso mantener la cabeza fría y el corazón vigilante, con el fin de dejarnos llevar, evitando que nos lleven. En definitiva, permitir que lo que tenga que ser de modo natural, sea.

Si esta cultura de culturas triunfa, significará que habremos puesto los medios para permitir al planeta sobrevivir como soporte de nuestra desagradecida especie. Quiero creer que así será, aunque sólo sea por la enorme alegría que me produce esta posibilidad. Nuestros descendientes tienen derecho a poder ser lo que de modo natural hayan de ser. Y a vivir lo que por este hecho les corresponda.

“¿Cuánta verdad soporta y cuánta verdad arriesga un espíritu? Ésta ha sido siempre para mí la verdadera medida de los valores. El error (la fe en el ideal) no es ceguera, es cobardía… Cada conquista, cada paso hacia delante en el camino del conocimiento es consecuencia de un acto de valor, de dureza con uno mismo, de sinceridad con uno mismo”. NIETZSCHE

El filósofo no se anda con ambages. No es difícil suponer lo que habría afirmado de conocer nuestro estado actual de cosas y el incierto futuro que nos espera. La realidad –dejemos el temor aparte y digámoslo– es que si la humanidad camina tan despacio en lo que respecta al desarrollo evolutivo propio* y no exoimpuesto, es debido precisamente al miedo. O mejor, a la conjura de éste a través de mecanismos irracionales a los que nos agarramos como a clavo ardiendo. Superstición, fundamentalismo, ideologización, hedonismo, violencia, son algunas de las monturas de escape ante el pavor que genera la angustia existencial que padecemos. Huida que da lugar a una congojante espiral en aumento, que nos aboca a un círculo vicioso de fin aheleado.

Con convicción hago mías las palabras de Stefan Zweig: “Basta con que un solo hombre tenga el valor de decir la verdad, para que aumente la veracidad de todo el universo”. La afirmación no deja de recordarme a otro conocido aserto, en este caso hebreo: “Quien salva a un ser humano, salva a la humanidad”. Sin duda ambas sentencias son extrapolables entre sí, pues ¿no es cierto que quien salva la verdad, salva el mundo? ¿Y que quien salva a un ser humano**, salva la posibilidad de la verdad?

No voy a entrar ahora en lo que la verdad es en términos filosóficos o científicos. La palabra es utilizada aquí en lo que a sus aspectos psicológicos se refiere. Y en este ámbito todo es dinámico. Por ello entiendo necesario hablar de verdad no como algo estático, sino como recorrido de búsqueda “ad infinitum”, con objeto de rencontrarnos con lo que existe en nosotros de auténtico —o de mantenerlo tal cual es, caso de haber tenido la suerte (y o el buen hacer) de no haberlo alterado—. Sé que abro la caja de Pandora. Habremos de ir despacio y con tiento.

* Es decir, aquel generado por mutuo convencimiento ante la evidencia racional y empírica de la realidad.
** como ser vivo.

-Faustina, ¡Faustina!.- No contesta. No vuelve los ojos a él. Su mirada flota vacía en el espacio del proscenio. La asamblea de mujeres, desplegada allí por el eterno Aristófanes, le es ajena. En realidad, nada le es propio ya. Ninguna causa existe para ella. Nada la puede perturbar.

Inquiere el recuerdo en las perfectas sombras, tan quietas, tan frías. Le tienta la caricia. Su mano se lanza despacio en su busca, pero tras un lento quiebro cae como ave herida. El ciclo gira indefectible: una y otra vez su anhelo se aferra a la imagen, para acto seguido acabar su alma siempre, impotente y desesperada, desvelándose sobre el vacío infinito. La “Matri Castrorum” de sus legiones hace tiempo que se volvió inalcanzable. Lo sabe, pues no padece locura. Sin embargo, “El Sabio”, ahora huérfano, en un atisbo de rebelión contra la cruel evidencia, creyó poder soslayarla trasmutando su recuerdo en plata. Ordenó tras los juegos fúnebres crear una efigie argéntea. La bella y bruñida expresión de su divina Venus, quedó suspendida en el tiempo con un rictus metálico y frío. Y ahora, esa frialdad, trasunto de una realidad espiritual imposible, le cala sin tregua hasta lo más hondo del ser. El supuesto consuelo es finalmente lacerante recuerdo de la ausencia. Pero no quiere –no puede– desprenderse de ella y ordena que le acompañe en todo momento.

–Me decían una y otra vez que la repudiara. Que era indigna de mí por su vida disoluta. Y no lo hice. ¿Cómo habría de hacerlo ahora, que tan lejos se encuentra?. Por el contrario, quisiera en estos momentos ser el dios que dicen soy, y poder retenerla conmigo por siempre. ¡Ay! Epícteto, todo el conocimiento que me has trasmitido no enjuga mis lágrimas. La muerte es natural pues en natura acaece, pero es cruel haber de aceptarla sin comprenderla–. Sus ojos se humedecen. Su mirada retorna al interior rozándose el alma. –Detrás de ella todo es misterio. Sólo el recuerdo queda presente y es vano consuelo. ¿Es esto razonable, cuando apenas puedo soportarlo? La Dignidad es ahora mi único sostén. ¿De dónde manas? ¿Por qué me eres regalada? Diría que me abandonas cuando te ocultas tras mi necesidad. Pero tu compasión parece infinita, pues no te apartas como aparentas. Quizá te escondes tras un velo, como Isis, a la espera de unos ojos abiertos a tu epifanía. ¿Seré capaz de sostener tu mirada? Habitas este pobre mortal que nada merece. Infinitamente agradecido, te disfruto desconcertado… ¿Es ella tu mano, Dios? ¿Acaso es en mí tu morada?-. Los pensamientos se difuminan en la lejanía de la oquedad de su mente.

–…un coro de niños celebrará desde ella la gloria de los valientes y el oprobio de los cobardes. Así, si hay alguno de éstos, se retirará avergonzado.– Resuenan en sus oídos, lejanos, los ecos verbales de Aristófanes por boca de Praxagora.

–La esencia de la perplejidad que en mi produces, tiene el mismo marbete que el umbral que más pronto que tarde me espera. El que tú ya atravesaste, Faustina, mi compañera, mi cómplice en vida y ahora en el sueño de la muerte–. Acaricia sus pómulos metálicos, como solía hacerlo cuando eran cálidos y suaves y su fragancia le invadía activando su deseo. De nuevo la frialdad, evidencia de la muerte. Cae su cabeza con el sopor del trance. Cree oír la voz de su amada entre los vapores del tiempo: –Marco, divino príncipe, no sufras pues donde estoy has de venir y lo que soy has de ser…–.

–¡Marco Aurelio, cuidado con el mundo de las ilusiones!–. De nuevo, Epícteto se hace presente habitando sus pensamientos. –La superstición te aleja de ti mismo. Te proyecta fuera de tu alcance y te deja al albur de los vientos del mundo, que son tempestades.

–¡Ay teoría, cuanto duele tu hueca esencia cuando apuntas al corazón!–. La argéntea Faustina restituye al emperador apenas una interrogación, triste como el fatal tránsito. Al tiempo que sus párpados caen, una lágrima resbala surcando arrugas hasta perderse entre las blancas barbas del repentino anciano. Los ojos de Marco Aurelio, vidriados por la tristeza, aún buscan un encuentro imposible. Finalmente cerrados, retornan breves, a través de las brumas de la memoria, secuencias de imágenes sensoriale aleadas con emociones otrora sentidas. Después, el lamento por la rápida desaparición de los espejismos del pasado. Y de nuevo, la vacuidad y la inútil búsqueda agotada.

El filósofo sabe ya que, en este punto, las palabras son trebejos inútiles que merecen ser arrinconados. Entre bastidores, el agotado príncipe ve caer emblemas y atavíos. Y ya en el escenario, tan vacío de decorados como él mismo, susurrando con emoción el nombre de su amada, se deja yacer. En sus labios siente el beso alado, que sólo reciben aquellos que han sabido amar. Y ser.

Cenamos en un antiguo pajar reconvertido en restaurante. Montado al detalle todo a lo largo de los abrevaderos, un belén nos recuerda que es Nochebuena. Terminadas las viandas navideñas dejamos atrás la monumental Covarrubias. La carretera brilla bajo la luna. El suelo está helado. Voy tranquilo pues mi 4X4 va sobre raíles. La noche es diáfana. En la bóveda celeste cuaja la vía láctea. Miles de otros astros la acompañan. Discurrimos entre desfiladeros de medio porte. Fulge la vegetación helada. El paisaje es bellísimo; de ensueño; casi onírico. En el coche un total silencio apenas roto por el murmullo del motor y el crepitar de los neumáticos sobre el hielo. La Misa de Gallo nos espera. El Gregoriano adelanta su ritmo mántrico en mi mente.

El tiempo pasa despacio. No tenemos prisa. Disfrutamos de la inmensa soledad de los campos legendarios de este territorio. Su historia también viaja en mi corazón. –La antítesis de las navidades de Madrid-, pienso. Y me dejo vivir este momento irrepetible. Repentinamente a la derecha, en medio de la nada y con vida propia, aparece un árbol con algunas luces de colores. Suficientes. Sencillez castellana para la representación del cosmos como recuerdo del que es nuestro hogar. Con la magia asomando por nuestros rostros, seguimos sumidos en el silencio. A lo lejos ya lo vislumbramos. Los perfiles del monasterio esculpidos en plata nos esperan promisorios. En Silos ya es Navidad.

Aquellas nubes no presagiaban nada bueno. Que el día comenzara con discusiones bizantinas, tampoco. Nunca le oí quejarse por haber aceptado aquella responsabilidad que nadie quería. Pero al mediodía, la duda bien podrían haber estado justificada. Con el ruido de fondo de los truenos y el repiqueteo del aguacero, la comida se agrió en una convulsión colectiva. Fray Ismael cuestionó abiertamente su autoridad. –Todos los trabajos peores me tocan siempre a mí- solía decir. Y mirándole con el ceño fruncido por la rabia, le espetó un –hasta aquí hemos llegado-, que sonó a declaración de guerra. Una más a añadir al conflicto de desgaste continuo que sufría el convento, desde que el priorato había quedado vacante años atrás. Fray Ismael no era ni el único, ni el más gruñón de los hermanos. Simplemente tuvo la desgracia de haber escogido ese día para su protesta. Toda su vida lo recordaría con un amargo sentimiento de culpabilidad.

En su silla, el prior Casimiro se tensaba como un arco progresivamente. El lugar central del refectorio en el que se encontraba hervía de energía alterada. Aquel vórtice “in crescendo” le llevaría irremisiblemente al trágico colofón pocas horas después. El estresante bucle, casi ritual, era ya sin duda insoportable para él. -Se lo tomaba demasiado a pecho-, me susurró fray Rafael cuando me trasladé al convento tras la tragedia. –Nunca debió haber aceptado-, me refirió después con amarga convicción.

Escuchaba yo abstraído el Concierto para Piano No. 1 de Chopin, cuando sonó el teléfono. La trémula voz de fray Rafael me comunicó la fatal noticia. El padre Casimiro había sido hallado muerto en su celda tras su ausencia en Completas. La noticia, por inesperada, me trastornó doblemente. Quería a aquel hombre bueno. Y él me quería a mí. El tono agridulce del Romanze-Larghetto del concierto me arropó durante los segundos eternos que tardé en reaccionar. Inmediatamente cogí el coche y me dirigí hacia aquel lugar, que siempre me había resultado frío y poco familiar, salvo por la calidez que le otorgaban algunos de sus moradores..

El viaje se alargó más de una hora. En el ínterin, caí en las mientes de la mucha presencia del amigo en mi memoria. Le veía cuando aún era bibliotecario del convento, siempre afable y generoso. Lo fue en todas las ocasiones que pude escaparme para estar con él. (Nunca le agradeceré lo bastante las largas horas robadas a su descanso que me dedicó en nuestras charlas nocturnas, tan enriquecedoras para mí). Tenía la facultad de abrir mi alma, mirar dentro, tocar unos palillos y dejar un poso de serena y trascendente alegría. Conocí de su mano muchos de los acontecimientos que jalonaron su vida. Fue militar antes que fraile. Y hombre antes que nada. Por eso, por su buena y empática hombría, a nadie dejaba indiferente.

Habían colocado su cadáver en el centro de la sala capitular. Lo rodearon con sencillos ramilletes de flores recogidas en los campos cercanos. Cuatro velones encendidos recordaban la presencia eterna de su espíritu. Cuando besé su gélida frente, sufrí un escalofrío. De nuevo me encontré con la muerte. Y una parte de mí murió con él -y con él vivirá para siempre-. Fray Rafael me puso al corriente de algunos pormenores. Un derrame cerebral, por causa de su hipertensión disparada, había acabado con su vida. Nada, en todo caso, que sustanciara de modo distinto mi vivencia esencial. La muerte es quizá el único hecho, que por su trascendencia diluye la importancia de cualquier causa precedente relativa a ella.

-Nunca debió haber aceptado- repitió fray Rafael con tristeza. Pensé que quizá era así. O quizá no. Conociendo a Casimiro, no me habría extrañado en absoluto que supiera muy bien lo que hacía cuando aceptó la responsabilidad. Dar la vida por los otros, le era consustancial. Me consta.

Cuando volví a Madrid, el coche venía rebosante de una sutilísima sonrisa que entraba por cada uno de mis poros. La misma que ahora me posee y me abraza, cuando escribo estas líneas pensando en él.